El lenguaje no sexista

El lenguaje no sexista

A raíz de los movimientos feministas y los estudios de género, en las últimas décadas se ha promovido el uso de un lenguaje respetuoso de las diferencias de género. Una legítima exigencia que tiene como arranque la asunción de que nuestro idioma (el español, en particular) es estructuralmente discriminatorio al invisibilizar al sujeto femenino, nombrando al hombre como sujeto genérico o no marcado (sinónimo de ser humano). El argumento de quienes defienden un lenguaje no sexista o inclusivo se sustenta implícita o explícitamente, en el entendido de que las palabras son un elemento productor (y no solo reproductor) de nuestra realidad, con lo cual lo que no se nombra pierde identidad, no existe.

Pero si profundizamos en el asunto, nos encontramos con posiciones dispares dentro y fuera de quienes se ubican del lado del feminismo, incluso al momento de responder a la pregunta, aparentemente simple, de qué es el lenguaje no sexista. Más todavía si nos detenemos en sus implicaciones y en las maneras en que podemos hacer uso efectivo de éste.

Las normas son las normas

Según el Diccionario panhispánico de dudas de la RAE (2005), los «sustantivos en español pueden ser masculinos o femeninos». Éste, que es el género gramatical, en el caso de los seres inanimados puede o no corresponderse con el sexo del referente. Por otro lado, «en los sustantivos que designan seres animados, el masculino gramatical no solo se emplea para referirse a los individuos de sexo masculino, sino también para designar la clase, esto es, a todos los individuos de la especie, sin distinción de sexos». Situación que no representa discriminación ni despierta incomodidad alguna para quienes conforman la institución. Al contrario, es asumida simplemente como «la aplicación de la ley lingüística de la economía expresiva».

Las normas son las normas y, se entiende, están hechas para que las cumplamos. En ese sentido, decir, por ejemplo, los alumnos y las alumnas (o los/as alumnos/as) si bien puede responder a una cierta corrección política, según el Departamento de Español al día de la RAE, es claramente una incorrección lingüística, en tanto es «pleonática e innecesaria» (en otra parte, lo consideran también un tipo de desdoblamiento artificioso). De hecho, estos artilugios son interpretados por el referido diccionario como un craso olvido (que, me parece, es un eufemismo para no llamar ignorante a quienes lo usan) y como un intento de salvar una «supuesta discriminación lingüística» donde ellos no creen que la haya en absoluto.

Justicia y redundancia, del otro lado

En el mismo apartado del Diccionario panhispánico de dudas, la RAE (2005) además de cuestionar las expresiones que se niegan a tomar al género masculino como sujeto genérico, suma a sus disgustos el uso de la arroba «como recurso gráfico para integrar en una sola palabra las formas masculina y femenina del sustantivo» (l@s niñ@s, por ejemplo). Cuestión que es «inadmisible desde el punto de vista normativo».

Y es que entramos aquí al otro extremo de las posturas: la urgencia de incluir a todos y a todas en el discurso, muchas veces llevándose lo que sea por el medio. De este lado, encontramos además del empleo de la arroba (@), a quienes utilizan la equis (-x) o la -e en sustitución de la -a o la -o en la que terminan las palabras, para que el género de los sustantivos se haga neutro (por ejemplo, ellxs o elles). Estos últimos casos no son tan comunes como el uso de la arroba, así que la RAE quizá no conoce de ellos o sencillamente no se ha preocupado (que yo haya leído) en reseñarlos y criticarlos.

Otro recurso sería la utilización de las y los antes de los sustantivos para incluir hombres y mujeres en igualdad de término. Aunque, en sentido estricto, privaría el género gramatical del sustantivo que se utilice, de modo que en las y los alumnos, por ejemplo, seguiría privando el género masculino.

Un último caso sería aquel en donde se utiliza el femenino como género gramatical preponderante. De manera que en vez de utilizar el plural nosotros, en términos mayestáticos o para hacer referencia al grupo, se utiliza el nosotras aun cuando la persona que habla o escriba es un hombre. Algunos ejemplos los podemos ver en las webs de Copylove, de Wikitoki (que habla de amadrinar y de socias), así como de otras organizaciones españolas. Esto podría entenderse simplemente como una forma de invertir la balanza en favor de las mujeres o, supongo que también, como una manera de referirse a las personas en general, entendiendo que persona es un sustantivo de género gramatical femenino y es al que remite, en última instancia, cualquier otro sustantivo (nosotras entendido como nosotras, las personas).

¿Posturas mediadoras?

Si bien es absurdo a estas alturas seguir sosteniendo la «neutralidad» del lenguaje (como hace la RAE) y, más aún, de quienes toman decisiones en torno a las normas que lo rigen (no solo en lo que a género respecta), es difícil eludir algunas cuestiones problemáticas en torno a la mayoría de estos recursos que se emplean para evitar el sexismo en el lenguaje. Sin pretender negar la importancia de la visibilidad como condición de existencia, debemos admitir que, por ejemplo, el llamado desdoblamiento gramatical (niños y niñas) resulta cuando menos molesto si se usa en exceso o con estricta rigurosidad, poco práctico y muy difícil de cumplirse a cabalidad, tal como plantea Bosque (2012) en un informe publicado en El País de España. Por otra parte, el uso de las y los es igualmente molesto, poco estético y además –según personas expertas en estos ámbitos– agramatical (véase al respecto el comentario de Jacqueline Murillo).

En cuanto al uso de la arroba, de acuerdo con Yadira Calvo, aunque puede ser un intento y una búsqueda loable, no soluciona nada pues no solamente implica un problema gramatical sino que, al ser un símbolo gráfico (impronunciable como tal), cuando se lea «se va a hacer de una forma determinada, y vamos a tender a leer en masculino», lo cual aplica también para el uso de la –x. De allí que la misma autora asuma que ni el uso de la arroba ni el desdoblamiento gramatical es en realidad lenguaje inclusivo. Ella propone más bien, el uso (cuando se preste, de acuerdo al contexto) de nombres colectivos, sustantivos epicenos, comunes o abstractos, como lo serían alumnado en vez de alumnos, población venezolana en vez de venezolanos o personas que padecen determinada enfermedad en vez de enfermos.

Estos recursos, aunque atentan contra la economía del idioma (a la que Calvo no le resta importancia), no afectan la estética y son de más fácil lectura. No obstante, a pesar de ser más moderados, no hay que esperar concesiones de la RAE y sus representantes que tampoco los aprueba ni reconoce, según puede leerse en el punto 7 del informe de Bosque (2012).

Finalmente, si bien el lenguaje cumple un papel importante en la manera en que entendemos y vivimos nuestra realidad, también es cierto que la insistente demanda de cambiar el modo en el que se habla (o en el que se escribe y en el que se redactan documentos oficiales y legales) desemboca muchas veces en un asunto meramente cosmético y superficial (formalista), que lleva a confundir el uso indiscriminado de las y los con un verdadero compromiso en torno a la igualdad de género. En ese sentido, lo fundamental no es tanto hacer parecer que se tiene este compromiso a través de un lenguaje políticamente correcto, sino lograr ser coherente con éste (cuando se le tiene) por muy cuesta arriba que se haga. Solo entonces, creo yo siguiendo a Calvo, que es una opción lógica y necesaria «pecar» contra el lenguaje antes que pecar contra nuestras ideas y posturas.


La foto que acompaña el artículo es de Rasmus Andersson, publicada bajo licencia CC BY-NC 2.0.

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1 comentario en “El lenguaje no sexista”

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