Rayar los libros (como técnica de investigación documental)

Rayar los libros

Recuerdo que en el quinto semestre de la carrera, la profesora de investigación social nos incitaba —con mucha intensidad— a «rayar los libros». Una amiga de clases se horrorizaba un poco ante tal provocación. Como a ella, a mí también me enseñaron que los libros son objetos casi sagrados que no deben «dañarse» bajo ningún pretexto. Los libros no se deben rayar, se nos dice, pues al parecer hacerlo constituye algo así como una profanación o un delito.

Pero la verdad es otra. Subrayar una frase, resaltar un párrafo o añadir una nota (cuando no es por puro vandalismo ocioso, claro) supone la apertura a un dialogo que excede los límites de lo dicho por el autor. Interpelar lo allí afirmado o dudar de las hipótesis que se toman por ciertas contribuye así a la reflexión que trasciende al libro (en tanto «objeto textual») y, a veces, al lector aislado.

Respetar los libros

No creáis a los que dicen que hay que respetar los libros. Los libros se respetan usándolos, no dejándolos en paz. Total, si lo revendéis os darán cuatro perras, por lo menos dejad en él los signos de vuestra posesión. (Umberto Eco, 1977)

Estando en la universidad las «guías» que usabamos para estudiar eran fotocopias (de fotocopias) de capítulos de libros usados y rayados. Entender los opacos garabatos que sobrevivían a la reproducción a veces suponía cierto esfuerzo; pero valía la pena en la medida que me señalaban referencias útiles, dudas razonables y cuestionamientos que a mí —un neófito estudiante de sociología— no se me hubieran ocurrido entonces. De modo que, la «lección» no quedaba simplemente en lo leído (para el examen), pues las notas que otras personas habían dejado en esas páginas me servían para profundizar, para comprender mejor, para preguntarme sobre lo atinado de los planteamientos o para contrariar al autor.

Intervenir así los textos que leemos es, además, una manera informal de potenciar, enriquecer y personalizar la intertextualidad propia de los textos académicos. De allí que un libro de ciencias sociales que no tenga al menos unas frases destacadas en amarillo fluorescente, alguna acotación al margen o un asterisco con una referencia externa escrita a mano, nos haga dudar lícitamente del buen uso que ha recibido.

Como dice N. J. Figueroa, rayar un libro es el «testimonio de autenticidad» del «lector que le responde al texto» y es, también, generar vínculos de comunidad. El dialogo excede lo meramente académico. Por ejemplo, una vez tomé en préstamo una obra de Erving Goffman en la biblioteca de la UCV y recuerdo que, junto a una pedante frase del autor donde marcaba la habitual distancia entre la perspectiva del «sociólogo» y la de la gente «normal», alguien había dejado una ratificación irónica: «los sociólogos no somos normales». La acotación (¿crítica? ¿etnometodológica) y la impresión que me dejó no tenía tanto que ver con la comprensión de la lectura sino con el gesto cómplice que allí se establecia.

Subrayar (con criterio)

Hasta el más acérrimo detractor de rayar los libros suele aceptar que, en particular, el subrayado es una técnica de investigación documental imprescindible para clasificar, según algún criterio, lo que nos resulta valioso de la lectura, rescatándolo así y «guardándolo» para la posterioridad: el subrayado —nos dice Umberto Eco en Cómo se hace una tesis (1977)—  permite «volver a un libro mucho tiempo después y encontrar en seguida lo que os interesó». Por ello es conveniente «invertir» en aquellos libros que usaremos en una investigación, de modo que tengamos la certeza de poder subrayar «incluso con varios colores», y tenerlos a disposición para posteriores consultas.

En ese sentido, Eco describe un pequeño sistema donde se asocian los colores del subrayado criterioso (pues «subrayar todo es como no subrayar nada») a las categorías empleadas en nuestra investigación documental o a los apartados que contendrá el texto que estamos preparando. A ello agrega, finalmente, lo que llama «puntos de lectura», que consisten en «tiras de papel o cartulina» con anotaciones (siglas o colores) que permitan «marcar» el libro de acuerdo a nuestros intereses.

Post-it y la era digital

Pese a todo lo dicho (y a mi afición por leer anotaciones ajenas), debo confesar que —hasta el momento— no suelo escribir sobre las páginas de los libros, incluso si éstos son míos. En cambio, para agregar notas personales empleo una técnica de marcado parecida a la que propone Eco, usando —en vez de aquellas tiritas artesanales— post-it (que cuando él escribió aún no existían). Suelo resaltar sí, lo que considero importante (a veces utilizando dos colores, pero no más) y cuando quiero agregar un comentario lo hago a través de los post-it más pequeños en el borde superior de la página correspondiente. Esto me sirve para luego ubicar los fragmentos que me interesan del texto y, si es necesario, «pasarlos» a fichas de contenido que categorizo de acuerdo a los temas o apartados de un esquema preliminar.

Por supuesto que con la era digital estas prácticas han cambiado. Cuando se trata de ebooks o documentos PDF ya ni siquiera tenemos que tener post-it o marcadores a la mano, pues los comentarios y el resaltado se agregan con unos cuantos (si bien fríos e impersonales) clics. Además, hacer un fichero digital «copiando y pegando» los párrafos destacados, ahorra muchísimo tiempo.

De cualquier modo, desmitificar el libro (como objeto y no como las ideas que contiene) es darle vida: es contestarle y, a veces, destruirlo —siempre en el buen sentido. Rayar y subrayar son prácticas fundamentales para un manejo adecuado de las fuentes documentales y, en última instancia, para apropiarnos de lo que leemos e intervenir expresamente en la «construcción» de un conocimiento nuevo a partir de lo dicho en un buen texto.

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5 comentarios en “Rayar los libros (como técnica de investigación documental)”

  1. Si, hay demasiado respeto por la cultura, de ahí que hayan surgido “movimientos” contra el “fundamentalismo cultural”.
    Lo de objeto sagrado no es casi ni una metáfora: ni se puede tocar (no se puede subrayar) ni se puede prescindir de él (el ebook no es un auténtico libro…)

    Te envío un saludo.

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