Ciencia 2.0 y marketing científico

Ciencia 20 y marketing cientifico en linea

En la década de 1990, Internet no era demasiado diferente a los medios de comunicación tradicionales. La recepción pasiva era la norma y, pese a que algunas de sus funciones rompían con la manera en la que antes consumiamos información, dicho consumo aún daba poco espacio a la participación de los usuarios.

En la década de 2000 se comienza a hablar de la web 2.0 como un paso adelante hacia una mayor interactividad. Según Wikipedia, el término se refiere a «aquellos sitios web que facilitan el compartir información, la interoperabilidad, el diseño centrado en el usuario y la colaboración en la World Wide Web». De modo que el cambio en la plataforma no respondió a una cuestión técnica sino a la manera de producir y usar los contenidos en Internet. En este contexto, surge el concepto de ciencia 2.0, vinculado a las características que definen los entornos digitales propios de la web 2.0.

Ciencia 2.0

Siguiendo a Cabezas, Torres y Delgado (2009), podríamos definir la ciencia 2.0 como «el conjunto de servicios y aplicaciones basados en la colaboración y la participación del usuario dentro del campo científico». Un movimiento asociado a las diversas «plataformas que tratan de ayudar a los científicos en su quehacer diario, ofreciéndoles diferentes herramientas para gestionar sus flujos de trabajo, facilitarles la búsqueda de información pertinente o brindarles nuevos medios para comunicar sus hallazgos (íd., p.73).

Así entendida, la ciencia 2.0 abarca la creación de blogs gestionados por (y dirigidos a) comunidades científicas, el uso de redes sociales horizontales (como Facebook y Twitter) para fines académicos y el surgimiento de redes verticales en el ámbito propiamente científico (como Academia.edu y Mendeley). De igual modo, este movimiento incluye recursos y herramientas digitales —como los gestores de referencias— que facilitan y promueven la cooperación, la investigación y la divulgación científica, sustentándose en iniciativas de Open Access (o Acceso Abierto) y Open Data (o Data sharing), permitiendo así la proliferación de repositorios y revistas en línea y en abierto.

Pero más allá de las funcionalidades que incorpora la ciencia 2.0, el empleo de la web para abrir la ciencia tradicional tiene consecuencias positivas para el ámbito científico, incluso. Una de ellas es la posibilidad de cooperación que ahora no estaría sujeta a fronteras físicas o geográficas, lo cual permite ampliar el acceso de los centros de investigación periféricos a los «progresos» que se producen en los centros hegemónicos, convirtiéndose en un posible factor de desarrollo. Además, propicia la incorporación de nuevos actores en un dialogo más diverso y fructífero que llevaría posiblemente a avances más acelerados y equitativos.

La resistencia 1.0

No obstante, la adopción de estas transformaciones a lo interno del campo científico supone fuertes choques que genera resistencias y rechazos. En este sentido, un primer factor de resistencia que apuntan Cabezas, Torres y Delgado (2009), viene dado por la imposibilidad de ajustar los parámetros de evaluación a las exigencias de un mundo donde —se supone que— la información fluye libremente. Si la participación en Internet no está sujeta, en principio, a parámetros de calidad definidos, y cualquiera puede publicar sus hallazgos y conclusiones sin mayores restricciones ¿qué criterios se deberían utilizar, entonces, para discriminar lo que es «verdaderamente» científico en este mar de información?

Vinculado a esto, otro factor de resistencia es el carácter elitista de la comunidad científica, que se ve atacada por la inevitable ampliación de la audiencia que supone el uso de Internet, percibiendo este proceso como una «vulgarización» del oficio académico.

Por otra parte, la edad también puede considerarse un obstáculo para la asimilación plena de este «modelo» de ciencia, pues la mayoría de las personas que realizan investigaciones científicas actualmente no se ubican dentro del rango etario de la población asidua a los servicios que ofrece la web 2.0 y, por lo tanto, no suelen sentirse cómodas utilizándolos. Como indican estos mismos autores, es de suponerse que esta barrera desaparecerá naturalmente cuando las nuevas generaciones incorporen sus hábitos sociales y tecnológicos al contexto profesional del quehacer científico.

Altmetrics y marketing científico

Un término que también se ha hecho popular en años recientes y que está asociado a la ciencia 2.0 y a las redes sociales, es el marketing científico. Éste podría entenderse como la implementación de estrategias explícitamente orientadas a lograr un mejor posicionamiento y una mayor visibilidad de nuestro trabajo (usando técnicas de optimización de «SEO», por ejemplo). Asimismo, el término «altmetrics» se refiere a la creación de indicadores no académicos, adecuados a la web 2.0 (menciones en blogs, retwits o las veces que un artículo es guardado en gestores de referencias) para medir el impacto de la actividad académica (Torres, Cabezas y Jimenez, 2013).

No es que antes no hubiera parámetros para valorar el impacto público de los trabajos científicos y sus autores. La ciencia siempre ha sido un campo competitivo donde, por ejemplo, índices como el «factor de impacto» se han tomado desde hace décadas para evaluar la relevancia de los textos que se publican. Sin embargo, las referenciaciones que allí se consideran provienen exclusivamente de fuentes académicas.

La incorporación de indicadores alternativos por parte de la comunidad académica para evaluar el estatus de investigadores e investigadoras significaría aupar, en cierto sentido, la socialización de los conocimientos más allá de la propia academia, lo cual puede provocar un acercamiento positivo de la sociedad en general. Pero, asimismo, de adoptarse éstos como indicadores válidos se haría necesario derrumbar ciertos hábitos e instituciones que definen la forma como se vienen haciendo las cosas tradicionalmente.

El compartir «demasiada» información, pese a que puede generar un mayor impacto social y mayor notoriedad, pone en riesgo de plagio a nuestras ideas (lo que está condicionado por una noción particular de lo que es la «propiedad» de éstas) y compromete las posibilidades de publicación en revistas arbitradas (cuestión bastante apreciada y valorada en el medio, hasta la fecha), ya que exigen que los trabajos sean totalmente inéditos.

En fin, desde el punto de vista del llamado marketing científico, parece que nos encontramos por ahora frente a un dilema en torno a lo que sería preferible, en última instancia: si la notoriedad social que nos brinda la ciencia 2.0 o el prestigio elitista de la ciencia tradicional. Si bien no son éstas, opciones enteramente excluyentes, lo cierto es que —más que la ciencia— lo que parece estar en juego allí es el ego de quienes la producen.

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