Apuntes académicos

Historias de vida, triangulación y objetividad

Historias de vida, triangulacion y objetividad

La historia de vida es uno de los métodos más recurridos en el ámbito de la investigación social «cualitativa». Sin embargo, no siempre su puesta en práctica mantiene una relación de coherencia con las bases epistemológicas que, en principio, se plantean o se profesan. La apelación a la llamada triangulación es, como veremos, el caso más evidente, aunque no el único. En esta entrada abordaré esta cuestión, retomando en lo fundamental los planteamientos de Alejandro Moreno[1], destacado autor venezolano dentro esta línea metodológica.

Historias de vida. Algunas precisiones

La historia de vida puede definirse como un método interpretativo-comprensivo que parte de la trayectoria vital de un sujeto o de varios para desentramar las relaciones sociales allí implicadas y comprender las estructuras sobre las que se soporta la vida «narrada». En ese sentido, aunque no se niega su carácter idiográfico, los autores que defienden este método o enfoque coinciden en que las historias de vida permiten trascender el análisis meramente individual, para abarcar lo social, a veces con alcances que van más allá del grupo estudiado.

Pero como suele ocurrir en el ámbito de la investigación «cualitativa», no hay consenso pleno respecto a este método, ni tampoco respecto a su estatus. Mientras algunos autores (Aceves Lozano, 1999; Piña, 1999; Jiménez Díaz, 2012, por ejemplo) encuentran diferencias importantes entre los conceptos de biografía, historia oral, historia de vida, relato de vida (o autobiográfico), entre otros términos —definidos además, de diversas maneras—; en otros textos es frecuente encontrar nociones más abarcantes como los son «enfoque biográfico» o «aproximación biográfica» (Correa, 1999). Asimismo, en otras investigaciones las historia de vida es empleada más bien como técnica de recolección de «datos» o información. Todo esto tiene que ver, en suma, con la postura epistemológica y la fundamentación sobre la que se soporta el proceso de investigación mismo.

En particular, Alejandro Moreno emplea el concepto de historia-de-vida (sic) para referirse a un enfoque que va más allá de lo técnico-procedimental. Desde su punto de vista, este método tiene claras implicaciones en la manera de entender la realidad social y los mecanismos a través de los cuales se estructura y se construye la misma. Moreno defiende la subjetividad como fuente de conocimiento y aboga por una co-investigación «in-vivenciada».

¿Las historias de vida cuentan hechos «objetivos»?

Tradicionalmente la ciencia ha buscado explicar —más que comprender— la realidad en términos asépticos, rechazando las interpretaciones «subjetivas». Desde el positivismo clásico y el estructural-funcionalismo hasta algunas corrientes «críticas» y marxistas, el énfasis en la cientificidad ha jugado un rol fundamental en la investigación. Esta tendencia cristaliza —durante la segunda mitad del siglo XX— en el auge y hegemonía de los métodos «cuantitativos» y el papel central que pasa a ocupar la estadística en el análisis sociológico. Pese a los cuestionamientos de autores como Herbert Blumer ya en la década de 1960, la persistencia de esta orientación metodológica se mantiene (a veces de manera solapada) hasta nuestros días.

Los autores que defienden las historias de vida como método o enfoque válido científicamente, han mostrado también un claro rechazo hacia el objetivismo propio de dicha orientación, pero esto no ha evitado que se mantenga el debate en torno a la objetividad de los resultados arrojados por los «estudios biográficos» y el rol que juega la subjetividad de los actores involucrados (investigadores e investigados). De esta manera, persisten —aún en la actualidad— ciertas ambigüedades y confusiones al respecto: cuestiones metodológicas no siempre resueltas que, en la práctica, vinculan el proceso de investigación a posturas epistemológicas contrapuestas, siempre bajo el nombre de «historias de vida».

Ya la disyuntiva entre objetividad y subjetividad, estaba presente en Thomas y Znaniecki de la Escuela de Chicago —considerados precursores de este método— y en sus estudios sobre la vida de los campesinos polacos. En su principal obra (El campesino polaco en Europa y en América, publicada en 5 volúmenes, 1918-20), estos autores si bien parten de la construcción de historias de vida para realizar sus interpretaciones, es evidente que dicha construcción es entendida como una técnica y no como un método o enfoque autónomo. Además, para ellos la historia de vida requería el empleo de mecanismos de «verificación» (fuentes secundarias) que confirmaran los hechos narrados por los sujetos.

Algo similar encontramos en el antropólogo Oscar Lewis —cuya obra, Los hijos de Sánchez (1961), es emblemática dentro de esta corriente—, quien consideraba necesario contrastar las narraciones de diferentes miembros de una familia o grupo, para verificar la veracidad de las mismas, procurando así la obtención de un conocimiento «más objetivo». En tal sentido, si bien estos antecedentes metodológicos constituyen un referente ineludible, ya en ellos pueden hallarse algunas flaquezas que, en última instancia, no hacían más que limitar la novedad del enfoque que proponían.

Objetividad, subjetividad y triangulación

Hoy en día se habla de triangulación para referirse a este procedimiento que, a través de diferentes estrategias, realizaban tanto Thomas y Znaniecki como Lewis. Aplicada al estudio y construcción de historias de vida, la triangulación vendría a ser una forma de contrastar la narración de los sujetos con los «hechos objetivos» (por ejemplo, recurriendo a noticias para constatar que determinado hecho en efecto ocurrió). Tanto en el marco de las historias de vida como, en general, dentro los métodos «cualitativos», esta operación conduce a la trampa de asumir que algunos hechos son verdaderamente objetivos, mientras que otros no lo son o lo son menos. De modo que la subjetividad, desde esta perspectiva, carecería del estatus requerido para «proporcionar» conocimientos válidos de la realidad estudiada. El fundamento epistemológico de la investigación (seamos o no conscientes de ello) estaría reforzando así los presupuestos objetivistas que, en apariencia, se intentan cuestionar.

Esto también sucede cuando se busca validar el uso de las historias de vida a través de la representatividad estadística, construyendo tantas narraciones como sea necesario para cubrir la «representación» de una población dada. En este caso, el método nuevamente queda reducido a un procedimiento técnico, despojándolo de cualquier estatus epistemológico diferenciador.

Solo si asumimos que las historias de vida no solo «hablan» de hechos objetivos, sino que en la narración subjetiva en sí misma hay una producción de sentido que connota mucho más de lo que dice, estaremos ante una concepción verdaderamente renovada del enfoque clásico cuantitativo. En todo caso, como dice Alejandro Moreno, si de objetividad se tratase, objetivos «son [por ejemplo] los documentos personales, por muy subjetivos que de por sí sean, en cuanto son hechos prácticos y no categorías teóricas». Lo mismo puede decirse de las narraciones espontáneas o los relatos orales.

La validez del conocimiento que se produce a través de las historias de vida no debe estar sujeta a la cantidad de historias que logren «recogerse», sino a la interpretación que se hace de la narración o las narraciones. De modo que una historia de vida podría ser suficiente para contar una realidad y para comprender sus diferentes tramas, siempre que la narración no esté atada a parámetros predefinidos o a criterios cerrados. No es necesario tampoco la validación de las historias de vida a través de estrategias como la saturación propuesta por Bertaux (1989), y seguida por autores como Jiménez Díaz, 2012, en tanto el énfasis del proceso no está dirigido por la cantidad —de los sujetos «informantes» o de la información obtenida— sino por la capacidad heurística.

Historias de vida: ¿técnica, método o enfoque?

Aunque parezca paradójico, una de las principales razones que nos llevan —a veces de manera intuitiva y no demasiado consciente— a elegir la vía objetivista, es la comodidad que la cantidad supone frente al esfuerzo de comprender y «sacar» de una sola historia (casi) todo lo que hay «detrás» de esa narración. Pese a esto, a veces se mantiene —en el discurso— una postura pretendidamente «cualitativista», lo que genera incongruencias difícilmente sostenibles que terminan por poner en duda la validez de los resultados obtenidos.

No se trata de que haya una manera única y «correcta» de hacer uso de las historias de vida. Sea como técnica, como método o como enfoque o postura epistemológica, la historia de vida deben responder a los fines de la investigación y, siempre que lo haga, su empleo estará (al menos, teóricamente) justificado. No obstante, es necesario conocer las diferentes opciones que existen y, sobre todo, las implicaciones de cada decisión en el ámbito metodológico. Se trata, finalmente, de ser lo más claro y coherente posible en el proceso de investigación, atendiendo además a nuestras posturas personales y a la manera en que, según nuestro entender, se configura la «realidad» que estamos estudiando.


[1] En este artículo de Moreno (sin fecha de publicación), se tratan más extensamente algunos de los aspectos aquí abordados. Otras obras de Moreno donde se pone en práctica y se sientan algunas de las bases de la historia de vida (o historia-de-vida) de acuerdo a su enfoque, son Y salimos a matar gente (2007) e Historia-de-Vida de Felicia Valera (1998).

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