Apuntes académicos

Delincuencia y deriva de David Matza

Delincuencia y deriva - David Matza

En 2014 Siglo Veintiuno Editores publicó Delincuencia y deriva. Cómo y por qué algunos jóvenes llegan a quebrantar la ley de David Matza[1], libro editado por primera vez en 1964, hoy considerado de culto dentro de la criminología científica. Los planteamientos de Matza, fundamentados en una perspectiva fenomenológica e interaccionista, son sencillos y directos y su resolución en torno a la problemática de la «delincuencia juvenil» es casi poética.

El autor se aleja así del positivismo en boga y del «determinismo estricto», con el objeto de comprender de qué modo opera el proceso a partir del cual un joven llega a delinquir. Si bien varias cuestiones quedan sin respuesta, creo que algunas de las debilidades de esta obra pueden atribuirse a la fecha en que fue publicado originalmente. Con todo, es innegable que aún hoy constituye un significativo aporta al estudio sociológico del delito. Este artículo es un resumen de los principales conceptos que se desprenden de esta obra. Espero, en una futura entrada, analizar desde una mirada más crítica, las implicaciones y omisiones de la propuesta de Matza.

Convergencias subterráneas

1. Antes de Matza, autores como Albert Cohen ya habían teorizado acerca de las implicaciones subculturales de la delincuencia juvenil. Éstos consideraban dicha «subcultura» como una instancia separada de las convenciones macrosociales. La propuesta de Matza es, en cambio, que no hay tal separación ―o que, al menos, ésta no viene dada en términos contestatarios―, en tanto que los preceptos de la «subcultura de la delincuencia» (que no «subcultura delictiva») no están enfrentados a las normas socialmente aceptadas. El delincuente juvenil (o «delincuente subcultural») no es un sujeto radicalmente distinto del resto de nosotros y sus infracciones no revisten un compromiso estable y duradero con sus transgresiones.

A diferencia del adherente de una subcultura contestataria, [los delincuentes subculturales] están de acuerdo con que alguien debe ser arrestado y castigado, pero piensan que tendría que haber sido otro. (p.87)

Desde este punto de vista, Matza plantea que el compromiso con el delito y con los principios subculturales es solo aparente y esta apariencia se mantiene a flote por un juego de inferencias mutuas entre sus miembros. Las inferencias se convierten en malentendidos, en tanto que los jóvenes llegan a creer que sus pares están, de hecho, comprometidos con el delito. Así se asegura ―hasta cierto punto― la cohesión del grupo y la regular incursión en actividades delictivas.

Estos malentendidos mutuos y compartidos se sostienen, a su vez, sobre la «angustia de estatus» que comporta la necesidad de adecuación a la imagen dominante de masculinidad para pertenecer al grupo. Sin embargo, dicha adecuación a ciertos parámetros de masculinidad no es lo que lleva (no siempre ni directamente) a la ejecución de delitos, sino que más bien inhibe (dentro del grupo) los cuestionamientos convencionales que podrían despertar en ellos las prácticas delictivas. Así, el supuesto compromiso con la delincuencia sería para Matza un «error conceptual» en el que incurren los jóvenes que hacen parte de esta subcultura, pero también los investigadores sociales que lo interpretan en esos mismos términos (p.111).

2. Pero si la subcultura de la delincuencia no constituye una instancia totalmente separada de las convenciones macrosociales, deberemos aceptar que existen conexiones entre los saberes prácticos de los delincuentes subculturales y las convenciones sociales dominantes. Más allá de los malentendidos, hay también supuestos internalizados por los jóvenes delincuentes que sirven como justificación de sus delitos. Matza propone que estos «argumentos» están fundados ―más no fundamentados― en ciertos saberes institucionalizados y en la propia ley, que le prestan un «apoyo soterrado» a los preceptos de la subcultura.

De acuerdo con esto, los jóvenes delincuentes se apropian (siempre de manera inadvertida, incluso para ellos mismos) de determinados aspectos de las normas sociales para justificar su transgresión, capitalizando las debilidades e intersticios del sistema legal y moral. Las intersecciones entre los argumentos subculturales y las convenciones dominantes es lo que Matza llama «convergencias subterráneas» y que, junto a los malentendidos silenciados ―por los imperativos de masculinidad―, funcionan como elementos de «neutralización».

Neutralización

3. El concepto de neutralización ya había sido abordado por Matza (junto a Gresham M. Sykes) en 1957. En Delincuencia y deriva, sin embargo, el autor ahonda con mayor detenimiento en los mecanismos que pueden llevar a neutralizar los imperativos legales y el respeto hacia las convenciones sociales en el entorno subcultural de la delincuencia. En este sentido, que los malentendidos y las justificaciones sirvan como elementos de neutralización significa que «las normas y opiniones de la subcultura […] funcionan como condiciones atenuantes bajo las cuales la delincuencia es permisible» (p.111).

La neutralización consiste en obliterar la naturaleza infractora del comportamiento. Convierte una infracción en mera acción. (p.252)

Según Matza, el contexto subcultural inhibe la influencia que sobre el delincuente ejercen las normas de la sociedad, lo que no significa una posición contestataria, sino una circunstancia particular que lo deja «libre» para «decidir» si delinque o no. La neutralización «es el proceso que nos libera de la atadura moral de la ley» (p.252). Roto el apego a la moral dominante, el sujeto debe confrontar su «libertad», una situación de «deriva» que puede (o no) llevarlo a cometer delitos pero que, en todo caso, demanda de él una acción restauradora que permita recobrar la estabilidad perdida.

Deriva

4. Así entendida, la deriva es la frontera entre la transgresión y la convención, entre la libertad y el control, un «limbo» en el que el sujeto se halla temporariamente. «Es la liberación episódica del condicionamiento moral» a raíz de la puesta en marcha previa de los mecanismos de neutralización. De acuerdo con esto, el proceso interaccional que antecede la ejecución del delito no puede entenderse, en la práctica, de manera separada: la neutralización y la deriva están implicados uno en el otro. El delincuente «derivante» es aquel que, una vez neutralizada su adhesión a la ley, activa y desarrolla la «voluntad criminal».

Denomino “derivante” a todos aquellos a quienes se garantizó su potencial de libertad por medio de la laxitud de los controles sociales pero que carecen de la posición, la capacidad o la inclinación de convertirse en agentes de su propio bienestar. Y coloco en esta categoría al delincuente juvenil. (p.74)

El sujeto «derivante» se encuentra, así, en una situación donde el control estructural es más débil y, por lo tanto, puede romper las normas a las que ―en el fondo― reconoce legitimidad y validez, pero nada lo obliga a ello. El delincuente subcultural no es, pues, el delincuente esencializado de la criminología que Matza tacha de positivista, en tanto su transgresión no está determinada ―en sentido estricto― por un supuesto compromiso ni condicionada ―aunque sí influenciado― por factores externos a él: el delincuente existe pero existe «de manera transitoria» (p.73) en una circunstancia de deriva, donde la acción transgresora (entendida como infracción) está subordinada a la voluntad del sujeto.

5. En última instancia, las personas son libres de transgredir las «reglas de juego» que han aprendido a respetar. Que el sujeto «derivante» se convierta o no en un delincuente va a depender de esta libertad de decisión. Pero, siendo así, ¿por qué algunas personas deciden delinquir? ¿qué lleva a que la voluntad criminal se active en algunos jóvenes y en otros no?

Matza diferencia dos escenarios: uno en el que se comete un delito por primera vez y, otro, en el que se repiten delitos ya cometidos. En este último caso, la recurrencia vendría dada por la «preparación» que la previa experiencia le proporciona al sujeto: volver a delinquir es sencillo (en todos los sentidos), una vez que se ha «descubierto» que es posible hacerlo. Por otra parte, la incursión por primera vez está asociada a la «desesperación», entendida como la sensación de no intervenir en el curso de la realidad y ser uno mismo un efecto de condiciones externas. Neutralizados los vínculos morales con la ley, enfrentado a una situación de deriva, y exacerbado este «ánimo fatalista» en la situación de grupo, la infracción aparece como una alternativa que le permite al joven recobrar el control y «reconfirmar su potencia» ―masculina― (p.266).

Incluso si los atrapen, el ánimo humanista podrá ser restaurado. Al cometer una infracción, ellos mismo han provocado la reacción de los funcionarios adultos: para nada un logro menor. Mediante su infracción, pusieron en movimiento el proceso criminal. (p.266)

Después de todo, si tal como señala Matza la desesperación y la angustia de masculinidad no es exclusiva de algunos jóvenes varones, sino más bien una constante en ellos, no podemos saber quienes decidirán delinquir y quienes no. En cambio, debemos conformarnos con buscar en las condiciones previas para ―tratar de― responder a esa pregunta. De este modo, el autor no niega a la posibilidad de una teoría general de la delincuencia; sin embargo, cree que ésta debería describir las condiciones atenuantes que posibilitan y hacen probable la deriva delincuencial, que no es lo mismo que determinar las «condiciones invariables de la delincuencia» (p.74).


[1] Todas las citas que se hacen a lo largo de la entrada se refieren a esta edición de 2014.

La foto utilizada es de Tom Eversley, publicada en ISORepublic bajo licencia libre.

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