¿Por qué está bien no entender?

Por que esta bien no entender

Hace unos días leí una entrevista a Beatriz Sarlo donde la escritora defendía el no entender como «experiencia fundamental» y criticaba los textos que tratan de hacer «digerible» el conocimiento. Estos últimos, además de subestimar la capacidad intelectual del otro, buscan traer a la superficie nociones intrínsecamente profundas, vaciándolas muchas veces de sus contenidos y significados. Leer un libro que debemos releer para entenderlo, nos obliga en cambio a pensar más y mejor acerca de lo que estamos leyendo. El esfuerzo por comprender nos lleva a acercarnos y a acercarlo a nuestra realidad, a lo que antes creíamos entender y dabamos por sentado.

Weber ininteligible

Mis primeras lecturas sociológicas fueron, en general, muy frustrantes. Sentía que no entendía nada o muy poco. La primera vez que leí a Weber fue en el cuarto semestre de la universidad y solo algunos años después logré entender (a medias, probablemente) el concepto de «verstehen». No es que no pudiera en aquel momento argüir una definición al menos decente. De hecho, el concepto era pregunta de examen, así que algo debía responder para pasar la materia: una definición laxa y clara que la profesora nos entregó ―finalmente― en alguna de sus clases y que, según me parecía, sintetizaba todo el sentido de aquella encriptada noción weberiana.

Luego me di cuenta de que no era así. La profesora había logrado que entendiéramos el concepto con palabras llanas, sí. Pero luego, cuando volví a Weber, noté implicaciones que antes había descartado, que no había logrado entender. Porque el problema de las «literaturas masticadas» ―como las llama Sarlo― es que nos hacen creer que en ellas están todas las respuestas que necesitamos y que, por lo tanto, no tenemos porqué buscar en otra parte. Los textos digeridos nos ahorran la experiencia de no entender a expensas del engaño: nos hacen creer que lo hemos entendido todo.

Mi profesora no era la «culpable» de que yo no entendiera a Weber. El problema no es que ella optara por hacernos leer directamente a un autor de ese calibre ―y no a sus exegetas―, el problema es que yo no había tenido el tiempo (y la vida) suficiente para leer todos los libros que habría tenido que leer para entender, de una sola pasada, a Weber. Las síntesis de los conceptos que ella nos ofrecía (para calmar nuestras ansiedades y para darnos algo que responder en el examen) estaban bien, en la medida que antes nos había hecho pasar por la experiencia aparentemente infructuoso de no entender nada o muy poco de aquellos textos que nos hacía leer. Había generado (al menos en mí) ese «estado de expectativa» al que se refiere Sarlo, que no llega a saciarse nunca pero que, por pura soberbia, siempre tratamos de colmar. Una soberbia mucho mejor, por cierto, que aquella que se siente satisfecha con todo lo que sabe (porque cree saberlo todo).

Vulnerabilidad

Cuando afrontamos nuestro estado de vulnerabilidad, normalmente resultamos fortalecidos. No es mentira que «lo que no mata, fortalece» y que «mientras haya vida, habrá esperanza». En una conferencia realizada en México este año, Judith Butler abordó precisamente la cuestión de la vulnerabilidad que, aunque suele entenderse como contraparte de la posibilidad de agenciamiento, Butler la presenta como una potencia capáz de generar dinámicas de resistencia y solidaridad.

Si bien, como apunta Catalina Ruiz-Navarro, la vulnerabilidad «está repartida de manera desigual» en la sociedad, también es cierto que todos somos vulnerables en alguna medida. Esta noción de vulnerabilidad responde a diferentes niveles. Aprender un idioma nuevo, por ejemplo, es una experiencia que te obliga a saltarte ciertas fronteras que brindan seguridad. Más aún cuando la interacción con alguna parte de tu mundo se ve limitada por tu escaso dominio del nuevo idioma. Las dificultades para comunicarte pueden hacerte volver a estadios que creíste superados: te vuelves torpe e inseguro; te haces frágil y vulnerable. Esto puede entenderse como un gesto meramente personal pero es también (o puede ser) una práctica política cuando se hace de manera consciente: la renuncia de los privilegios que se desprenden del manejo adecuado de los códigos socialmente aceptados.

Butler lo expresa bien, ya no en el contenido de su cátedra, sino en su presentación misma. La autora ―una suerte de rockstar de la academia― comienza su presentación con una breve y dificultosa introducción en español: agradece a sus antecesoras en el podio y a la universidad que la ha invitado. Pero justo antes de comenzar hablando de los 43 estudiantes desaparecidos en Ayotzinata en septiembre de 2014, advierte que su conferencia será en inglés (y se disculpa por ello) ya que le resultaría demasiado «duro» hacerla en español.

La «conversación interna»

Hay muchas formas de explorar nuestras vulnerabilidades y jugar con las posibilidades que nos ofrecen. Escribir un blog es otro ejemplo. Un blog no solo nos (ex)pone a un lugar de acceso público sino que además, como indica David de Ugarte, nos obliga a tomarnos en serio la «conversación interna». Un blog, si lo hacemos bien, se convierte en «un campo de batalla donde nos encontramos con nuestros propios miedos», dice de Ugarte: «el miedo a escribir, el miedo de no estar a la altura». Allí donde estos miedos nos acercan a la autoconsciencia y a la autonomía, la vulnerabilidad nos pone a un paso del empoderamiento individual y colectivo.

Así, la sensación de estar perdidos, de no entender, de no encajar, es fundamental para decir que hemos vivo, ya que nos obliga a buscar la comprensión en otros lugares, en otros sujetos y en nosotros mismos.

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