Mariam Habach Santucci o la complicidad de los discursos

MissVenezuela

El pasado 8 de octubre, otra raquítica joven fue coronada Miss Venezuela 2015. En Twitter, mientras tanto, un montón de retuiteos de su cuenta dejaban en evidencia el conservadurismo de la nueva reina y, entre otras cosas, su talante homofóbico. En medio de expresiones de rechazo y de solidaridad, hubo quien defendió el derecho de la joven a serlo. Con citas a Orwell llamando a la insolencia, otros más argumentaron que ella no estaba haciéndole «daño» a nadie y ―más importante aún― que todo el mundo debe poder expresarse libremente incluso si sus palabras molestan u ofenden a otras personas.

¿Hasta qué punto ser homofóbico es un «derecho» y mantener un discurso de odio es inofensivo? Evaluar estas cosas a ese nivel epidémico y superficial ―lo que alguien piensa/dice― es un ejercicio (convenientemente) ingenuo. La realidad es que lo que decimos tiene consecuencias materiales sobre la vida de las personas, seamos conscientes de ello o no.

Del derecho a odiar en público

Defender el derecho a ser homofóbica es bastante problemático, además, porque impone una falsa inevitabilidad. Nadie es, en esencia, homofóbico. No se nace siendo homofóbico, digamos parafraseando a Simone de Beauvoir: uno llega a serlo como resultado de un proceso de aprendizaje. Si el hecho de que sea una postura aprendida no la descalifica, sí demuestra su carácter social y contingente. La homofobia, por tanto, solo puede ser trasmitida y aprendida a través de su puesta en palabras. Se aprende a odiar (y a ser homofóbica) a través de los discursos que convierten ese odio en injurias abiertas o solapadas.

Vale la pena cuestionarse, entonces, si la homofobia de Mariam Habach Santucci no le hace daño a nadie. Pese a que (ciertamente) no hay un daño físico de su parte, pronunciamientos de este tipo contribuyen a tejer la matriz heterosexual (tal como diría Judith Butler) a partir de la cual se reestablece y legitima la homofobia en tanto práctica de violencia directa (asesinato, vejación, discriminación, etc.).

De modo que, si es que solo nos tuviésemos que preocupar por la materialidad de nuestros cuerpos (y no, también, por los efectos psicológicos que este contexto discursivo genera en las personas no cis/heterosexuales, quienes tienen por ejemplo una mayor propensión al suicidio), admitamos al menos que no habría crímenes de odio sin un discurso social previo que les diera sustento. La homofobia se soporta necesariamente en discursos que legitiman y ponen a circular el rechazo que acaba matando a ciertas personas. Por lo tanto, mantenernos en la cómoda superficie de lo que piensa/dice la miss (esta o cualquier otra) sin denunciar las implicaciones de esas palabras, es una manera más de justificar las consecuencias (potenciales y reales) que tienen sobre nuestras vidas y nuestros cuerpos.

De lo florido y lo estrafalario ¿qué es un discurso homofóbico?

Pero ¿qué es un discurso homofóbico? No es fácil definir, en sentido estricto, lo que es un discurso de odio o específicamente homofóbico. Sin embargo, bien podríamos acordar (de manera provisoria) que es aquel que ―con mayor o menor intensidad o violencia― insiste en limitar las opciones de vida de las personas a un modo predeterminado de ser (heterosexual). Un discurso homofóbico no es solamente aquel que muestra su rechazo de manera explícita, sino también el que, tras una aparente condescendencia, oculta pretensiones normalizadoras o descalificadoras.

Muchos comentarios periodísticos antes, durante y después de la «Marcha del Orgullo LGBTI» en nuestro país, suelen darnos buenos ejemplos de ello. Sus asistentes se presentan como hedonistas insurrectos que no tienen otro propósito en la vida que vestirse de manera florida y estrafalaria. Detrás de esta descripción aparentemente inocua (que puede ser «cierta», que puede ser «falsa», eso es irrelevante por el momento) subyace una descalificación moral, por tanto lo florido y lo estrafalario, el inquieto hedonismo de los cuerpos perversos, no tiene cabida dentro de los parámetros de lo socialmente aceptable, de lo digno de ser tenido en cuenta. El problema no es que esta mirada sea incapaz de ver la heterogeneidad que existe ahí, como en todo grupo humano, sino la presuposición que la orienta de que esos sujetos no cumplen con ciertos prerrequisitos para gozar de una ciudadanía plena.

Esta lógica descalificadora es muchas veces reproducida por los propios colectivos organizados de disidencia sexual en Venezuela. La búsqueda de reivindicación social a través de una imagen acorde a los parámetros de aceptabilidad (un hombre masculino, una mujer femenina, una trans «decente») legitima la descalificación de la que son objeto aquellas personas que no llevan la ropa adecuada o carecen de las maneras que la diplomacia política demanda. Estos sujetos abyectos son desautorizados para hablar (y ser escuchados).

Todo esto plantea la cuestión de la visibilidad como problema. Hacerse visibles ¿pero de qué modo? ¿Quiénes y a través de qué medios? La condena de la homofobia y de la heteronormatividad, si quiere ser coherente, debe convocar a la inclusión en vez de reproducir la descalificación. Inclusión no entendida como asimilación a un orden determinado y estable, sino en tanto ampliación del concepto mismo de ciudadanía, en términos legales pero también en términos de reconocimiento simbólico. Solo cuando se haya alcanzado ese reconocimiento y no ser heterosexual haya dejado de ser una condición de vulnerabilidad y negación, discursos como los de Mariam Habach Santucci podrán ser tomados como otra opinión banal de la miss de turno: que no le hace daño a nadie, que ni siquiera tendría porque importarle a uno.

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1 comentario en “Mariam Habach Santucci o la complicidad de los discursos”

  1. Cada uno de nosotros está en su derecho de tener posiciones con respeto a los valores de crianza , sino admites la homosexualidad , está en su sano juicio porque al fin y al cabo , la realidad de las relaciones entre personas de un mismo sexo apunta a cuestiones definitorias en la relación de la familia nuclear, aprendida . Es una cuestión de iniciativa personal aceptar o no la homosexualidad en la sociedad. La valentía y el desarrollo de una posición diferente en el mundo del espectáculo es una cuestión que bien merece nuestro respaldo y respeto hacia esta chica . Caminante se hace camino al andar.

    Date: Fri, 23 Oct 2015 19:59:21 +0000
    To: pradamrpv@hotmail.com

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