Entradas varias

El duelo de Francia o cómo se impone un duelo global

Leo a varias personas quejarse de que quienes lamentan lo de París no dijeron nada de Beirut. Miro sus TL y no encuentro nada sobre Beirut.

— HIβΑΙ (@Hibai_) noviembre 16, 2015

Familia 1958

Mucha gente ha denunciado la poca cobertura de los medios tradicionales al ataque del «Estado Islámico» en Beirut, en comparación con la atención que recibió el atentado en París. También se ha dicho que quienes hoy se quejan de esto, parece que ayer ni se habían enterado. Este desconocimiento es posiblemente cierto, lo cual es peor. Pues lo que está claro es que (al menos para «nosotros», los occidentales) era muy fácil no enterarse de lo ocurrido en Beirut mientras que ―ya el mismo día del suceso― era prácticamente imposible no saber lo que París estaba sufriendo. Esta suerte de política de visibilidad tiene consecuencias en el modo en que se vive el luto, deslocalizándolo, haciéndolo global y universal, como los valores mismos de Occidente.

Parece que existen razones de peso por las que los principales medios del mundo cubren unas muertes y otras no. Se ha hablado de la distancia geográfica, cultural e ideológica, y de las posibilidades de acceder ―por razones económicas y de seguridad― a los lugares donde ocurren algunas de esas muertes. Pero más allá de estos argumentos, uno puede notar una significativa diferencia, por ejemplo, en el tiempo que se le dedica a las noticias, dependiendo del lugar donde suceden y las personas afectadas.

Además, la forma en que se representan estas realidades es muy distinta. Mientras la cobertura en París está llena de largas secuencias de rostros de dolor, de nombres propios que nos informan sobre las personas fallecidas; las breves y lejanas imágenes del sufrimiento de los países no occidentales casi siempre se reducen a algunas bombas cayendo y los escombros que quedan tras la explosión. La representación, así, termina humanizando o deshumanizando a determinadas víctimas. Paradójicamente, esto sirve para acrecentar esa distancia que, antes, quería justificar la diferencia en la cobertura de las noticias. Distancia que está, sino construida, reforzada por los medios de comunicación y que nos conduce a pensar la muerte de los «otros» como muertes normales y a veces necesarias.

Este duelo compartido y global que generan los medios puede servir, igualmente, para justificar la muerte de esos «otros» cuando ésta responde a la venganza, disfrazada de justicia, por la muerte de los «nuestros». De allí que, cuando el gobierno de Francia comenzaba a bombardear Siria, muchos canales de televisión siguieron con su programación habitual. En algunos, se continuó con la cobertura desde la capital francesa (y sus llamados a la paz en las calles).

Si, como se ha dicho, el atentado en Francia quería atacar simbólicamente los valores occidentales, el duelo de Occidente se ha convertido en un duelo de todos. La posibilidad de colocar la bandera de Francia encima de nuestra foto de perfil en Facebook da cuenta de ese duelo que, como señala Èric Lluent, promueve una «estructura hegemónica de prioridades en la que los muertos occidentales preocupan y movilizan y las víctimas, por ejemplo, del atentado en Beirut de hace dos días, simplemente no cuentan». Pero, además, confirma y legitima explícitamente la necesaria universalidad (en su particularidad impuesta como universal) de Occidente.

De allí la molestia de algunas personas frente a aquellas otras que exigían la visibilidad de sus muertos locales (en países, como México y Venezuela, donde la violencia es un problema de primer orden). Si bien uno puede estar de acuerdo con que no es quizá ni el momento ni la forma para denunciar estas realidades, también es cierto que la indignación frente al reclamo «narcisista» oculta la presunción de que Occidente es el centro alrededor del cual orbita (y debe orbitar) todo lo demás. Así, la descalificación de este «localismo» y las posturas cosmopolitas que la profieren, ponen de relieve la pretensión universalizante de unos valores particularmente europeos y la obligatoriedad de un duelo que se nos presenta como ―necesariamente― universal, al menos si no queremos pasar por insensibles o egocéntricos.

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