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Ricky Martin y el sida. Jesús Silva y su enfermedad

SIDA

Cualquier aproximación etiológica a la «cuestión homosexual» se topa con un problema de fondo irresoluble: el «objeto» de investigación se da por supuesto, pero no es nunca rigurosamente definido. Se pretende así establecer «la causa de la homosexualidad» sin considerar que «la homosexualidad» es una entelequia construida en el contexto de un determinado régimen de afectos y placeres. (Llamas, 1995)

El bio-poder es ―para Foucault― un régimen político que se impone en Occidente con la instauración del capitalismo. A diferencia del régimen anterior, basado en el derecho del Soberano de hacer morir o dejar vivir, el bio-poder se sustenta en el control y la administración de la vida. Se trata, pues, de hacer vivir. Foucault escribió al respecto en el primer tomo de su Historia de la sexualidad (La voluntad de saber), publicado por primera vez a mediados de los setenta. Casi una década después, el 25 de junio de 1984, Foucault murió de una extraña dolencia sobre la que aún no se tenía demasiadas noticias. Pronto se le puso un nombre y se supo que el sida había «matado» a Foucault.

Pero ¿qué o quién mató realmente a Foucault y a todos los que estaban muriendo de sida? Con el sida y por el sida, en una época donde florecía la pandemia, la formulación foucaultiana en torno al bio-poder pareció perder su potencial explicativo: Había gente muriendo de sida (como el mismo Foucault) y los Estados, los tomadores de decisiones, las «audiencias» mediáticas, los estaban dejando morir sin contemplación.

No es que Foucault no previera la implicación política de la muerte en su formulación original. De hecho, ahí en el capítulo donde introduce el término bio-poder, junto al control de la vida (ese «hacer vivir»), habla también de un funesto «rechazar hacia la muerte». Porque la gestión de la vida opera dentro de parámetros normativos estrictos. Porque, según Butler, la exclusión de la muerte como objetivo político no incluye en ese «hacer vivir» (y la preservación de esas vidas), a todas las vidas por igual. Al contrario, solo puede hacerse «en nombre de alguna forma de vida específica, e insistiendo en el derecho de producir y reproducir esa forma de vida» (Butler, 1995). Si se trata de preservar la vida, no se trata en ninguna caso de cualquier vida.

El artículo de Butler que se cita arriba aparece en 1995 en el libro Construyendo sidentidades. Estudios desde el corazón de una pandemia, editado por Ricardo Llamas. El mismo reúne un conjunto de textos que analizan cómo y por qué la sociedad occidental de finales del siglo XX menospreciaba sistemáticamente la vida de ciertos cuerpos y, por lo tanto, la necesidad de resguardarlos. Ya con los primeros casos del ―así llamado entonces― «cáncer gay» o «cáncer rosa», los medios de comunicación trazaron una línea diferenciadora entre victimas (inocentes) del sida y enfermos (los homosexuales, sobre todo, pero también las prostitutas, los inmigrantes, los heroinómanos; en fin, los anormales).

Ricky Martin y el sida

Imagen incluida en el libro de Llamas (1995, p.197).

La representación de los homosexuales como culpables de la propagación respondía a una asociación que ya desde antes se había instalado en los imaginarios populares, entre homosexualidad y muerte. En un contexto donde el poder de la Iglesia había sido desplazado por el discurso médico-científico, el pecador (sodomita) es asimilado dentro de la categoría de enfermo. La enfermedad (que no es solamente de su cuerpo, sino también de su alma) encuentra su destino fatal en la muerte como castigo último. Así, aunque la muerte es un proceso «natural» y morir es inevitable, «dejar morir» es una decisión política. No se hace nada para salvar a quien se considera que la merece como castigo a su transgresión.

Uno puede creer (optimistamente) que toda esta terrible historia, trágica y triste, ha sido superada. Pero siempre alguien o algo estará ahí para recordarte que no es así. Por ejemplo, Jesús Silva, abogado y opinador de oficio, el 19 de enero decía en su cuenta de Twitter que «Ricky Martin dice estar “abierto” a tener sexo con mujeres. Mujeres q luego transmitirán #SIDA a población de heterosexuales». Inmediatamente se le catalogó de homofóbico. Silva respondió exigiendo su «derecho a réplica». Sin embargo, su réplica poco importa si consideramos que su tuit dice mucho más con lo que deja de decir y lo que implica que con lo que directamente dice.

Ricky Martin dice estar “abierto” a tener sexo con mujeres. Mujeres q luego transmitirán #SIDA a población de heterosexuales

— Jesús Silva Escritor (@Jesus_Silva_R) enero 19, 2016

Silva hace, por supuesto, una asociación entre sida-muerte y homosexualidad, recordándonos que aquellos imaginarios aún están aquí y conviven con nosotros. Según él, la mujer que tenga relaciones sexuales con Ricky Martin evidentemente será contagiada del sida que éste es portador (porque, sabemos que Ricky es gay ―él mismo nos lo dijo― y dos más dos son cuatro) y esa mujer se convertirá en el vehículo que traerá la muerte a la higiénica superficie heterosexual. Porque, desde su lógica (poco informada), el problema no es que todos los homosexuales de hecho tengan sida y se estén muriendo (o matando) entre ellos. El problema es que esos enfermos (u) homosexuales (desde este punto de vista, son la misma cosa) están entre «nosotros» y nos lo pueden contagiar. En fin, ¿qué es una mujer, sino eso donde los hombres depositan su deseo pero que siempre esconde y vehiculiza las más horrorosas maldiciones? ¿qué es un homosexual, sino un enfermo? ¿cuál es su destino, sino la muerte fatal y triste que le acarrea «su» enfermedad?


Este artículo fue publicado en mi columna —La gente rara— en la web de LaONG.

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