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Inteligencia, izquierda y dogmatismo

Inteligencia, izquierda y dogmatismo

En un artículo publicado en 2012 (y republicado a mediados de este mes) en Aporrea, Luis Britto García responde a quienes le preguntan que por qué es de izquierda siendo él tan “inteligente”. Como bien dice el autor, la premisa que subyace a la pregunta es que “la izquierda no es inteligente” y como “a quien alega un hecho le toca la carga de la prueba”, en una previsible inversión, se dispone a “probar” que es todo lo contrario: que es a la derecha a la que le falta inteligencia.

Su razonamiento es simple: derecha e izquierda son dos espacios mutuamente excluyentes, separados con precisión a través de una división que no admite matices ni intermedios. Lo abarcan todo y nada se escapa a ellos. Toda ideología, toda persona, toda postura política debe encajarse en alguno de esos dos polos y quedar totalmente excluida del contrario. Por tanto, para refutar la duda inicial, le basta con demostrar la inferioridad de los otros acudiendo, primero, a algunos ejemplos de estupidez e incultura y, luego, a la evidencia de los datos científicos. En fin, que “los menos inteligentes son derechistas” es un hecho científicamente probado, ¿hace falta decir más?

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Al leer el texto, lo que más me llama la atención no son los argumentos de Britto García sino su parecido con los argumentos de aquellos a los que descalifica. Por ejemplo, en el texto se recurre al manido concepto de “inteligencia” y a la irrefutable ciencia occidental del primer mundo, como lo haría cualquier “derechista”: sin cuestionar la validez de los instrumentos que esa ciencia emplea o la tendencia a que sus datos coincidan con las hipótesis (e intenciones) de quienes la orientan (y a veces la financian). Que la rectora Arocha haya “desfilado” con un error ortográfico en una pancarta que cargó en protesta contra el gobierno es, para el autor, una prueba de la ineptitud no solo de ella sino de la derecha a la que representa. Lo mismo que, de parte de los “derechistas”, la pésima dicción de Maduro o su escasa educación formal (por no hablar de su nacionalidad) basta para descartarlo, a él y a “su” gente, como líderes políticos medianamente capaces.

Uno esperaría un poco más de agudeza de parte de un pensador crítico (no ya “inteligente”); sin embargo, da la impresión de que cambiando los personajes citados y las fuentes de autoridad científica en las que se respalda, el artículo podría haberlo escrito un militante de la “derecha”. En ese sentido, el problema de fondo no son los argumentos de Britto García, ni los de sus adversarios. Tampoco la “veracidad” o la “falsedad” de los mismos. El problema es que el debate intelectual en Venezuela parece haber llegado a un punto muerto y este texto (entre otros) es un síntoma de esa parálisis.

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En una entrevista del año pasado, Edgardo Lander comentaba que la polarización en Venezuela “ha empobrecido extraordinariamente [nuestra] capacidad de reflexión”. En la medida que “hay una incapacidad para escarbar más allá de la coyuntura”, todo es absorbido por el blanco o el negro. “En las universidades, el asunto es dramático”, continua diciendo Lander. “En la Bolivariana, en lugar de haber una discusión sobre cómo cambiar la sociedad y cuáles son los retos, lo que hay es una tendencia hacia la oficialización dogmática de un discurso, pero igualmente pasa en las universidades autónomas, en donde se ha instalado un sentido común de oposición”.

En las últimas páginas de Lenguaje, poder e identidad, Judith Butler habla de la necesidad de repensar las categorías paradigmáticas de la modernidad, más allá de sus sentidos “originales”. Esto implica desprenderse de viejas certidumbres. “Imaginen la situación que plantea uno de mis estudiantes, cuando lee un libro, y piensa que no puede contestar las preguntas que se plantean ahí”, dice Butler, “porque contestarlas es introducir una duda en sus convicciones políticas, e introducir una duda en sus convicciones políticas podría llevarle a la disolución de estas convicciones. En ese momento el miedo a pensar, el miedo a preguntar se convierte en una defensa moralista de la política, y el trabajo de la vida intelectual y el trabajo de la política se oponen”.

El dogmatismo y el “sentido común” hacen que la política se desplace hacia un anti-intelectualismo que acaba con el debate y la crítica “a expensas de la vida y del pensamiento”, concluye Butler.

Hoy sabemos que la crítica no puede admitir asociaciones automáticas con las leyes inevitables de un devenir histórico fijado de antemano. Con todo, hay quienes insisten en devolvernos a los espacios impolutos y separados de la política tradicional y las utopías impuestas por la fuerza. Britto García vuelve así a los cómodos conceptos que le permiten refutar la “inteligencia” de la “derecha”, arrogándose a él esa “inteligencia”, por ser de “izquierda”, y a quienes, como él, juegan a intercambiar inercialmente los términos “izquierda” y “chavismo” (“derecha” y “oposición”). Porque el miedo a pensar es, a veces, miedo a la disolución de las categorías fáciles sobre las que se sostiene el Poder. Pero la confrontación maniquea es una potencia inhabilitadora. La muerte de la crítica es la última garantía de mantenimiento, no ya de un gobierno, sino del orden dominante.


Este artículo fue publicado originalmente en El cambur. Gracias a Isabel por la invitación.

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